ISKANDER



Antes de empezar miro hacia arriba: La roca vertical es tan lisa, en algunos lugares tan brillante, que parece pulida. Luego miro abajo. Desde dos kilómetros de altura los ríos se convierten en delgados y curvos capilares blancos y su ruido ya no se escucha desde tan larga distancia. Si vas a caer desde esta altura tendrás tiempo no sólo de ver lo que ocurre, sino que también veras qué rápido se acerca a ti la tierra y sentirás el viento soplando en tu ropa. Además tendrás tiempo para dar un grito muy largo. Al final, cuando impactes con la roca, solo harás un ruido similar al de una sandia madura cuando se casca.
Mi mirada se concentra en una fisura. Es de dos centímetros... pero parece que tuviera menos de dos milímetros.
- Shura, me voy.
- Tienes cuerda.
Ahora, a comenzar. Me permito mirar hacia abajo por última vez, desplazo hacia atrás el equipo, aprieto el cinturón y luego concentro mi atención y me olvido de todo a mi alrededor. Nada de mirar abajo. Si no estarás de puntillas demasiado tiempo y tendrás frío, y entonces puedes perder el control y caer. Ahora toda mi atención es para lo único importante: un paso del pie izquierdo, un paso del pie derecho.
Empiezo a moverme a la izquierda, agarrando mientras es posible la cuerda que esta fijada a la pared por un clavo. Tengo que estirar y tensar con toda mi fuerza los músculos de las piernas, esto lo he entrenado diariamente durante años. Sé que mis talones no tocan la pared, mis puntas soportan doble carga y siento como sudan mis pies en los zapatos. ¡No deslizarme! Llego a la grieta. Y ahora ¿cómo subir y recuperar la cuerda libre? Tiro y recupero la cuerda: ahora dos centímetros, ahora veinte milímetros... Es largísima la maldita! Si la tierra estuviese no a dos kilómetros, sino a veinte centímetros como en mis entrenamientos en las ruinas de un antiguo molino en Loshitsa, pondría subir la distancia de esta cuerda fácilmente en cinco minutos. Trato de persuadirme que estoy en Loshitsa, eso es fácil de decir. Si cayera de veinte centímetros me enojaría y lo intentaría otra vez, pero aquí no hay una segunda ocasión.
He hecho un movimiento del pie izquierdo, arrastro ahora el pie derecho... y aflojo la cuerda. Tengo mis brazos abiertos completamente en la roca, apretando con las manos la áspera superficie. Casi la acaricio dispuesto a besarla.
Repentinamente el fuerte viento me obliga a balancearme; la cuerda que estaba atrás a mi espalda me golpea la cara. Mi corazón salta y se atasca en alguna parte de mi garganta, donde se queda mientras el viento se calma. Si el viento sopla más me voy de aquí al infierno. Y se que más arriba por la otra vertiente, el viento será mas fuerte. Giro la cabeza a la derecha acariciando con mi mejilla la pared y miro abajo. Shura me observa con mucha atención tomando la cuerda en sus manos. En este momento parezco un Cristo en la cruz. ¿Por qué estas parado? Sigue, tengo frío, - dijo mi compañero, castañeando los dientes. Él lleva una chaqueta de pluma y manoplas de lana de camello. Encima guantes de lona, y en los pies botas vibram doble.
El día ya casi termina, esta helando y debo subir el último largo de cuerda. Hace ocho horas que estamos en esta pared y el cansancio se nota. He estado unos tres minutos sin moverme, esforzándome por relajarme en esta postura de mierda. Es totalmente imposible; sin embargo recupero el dominio de mí mismo. Shura parece totalmente congelado en la pared, no ha vuelto a abrir la boca; y yo mentalmente se lo agradezco.
El frío se siente y tratando de olvidarlo, lentamente me muevo. Mas lejos . . . siguiendo la grieta; al final, advierto una pequeña hendidura en la que puedo asegurarme. Es posible pasar por este camino; pero solo así, lentamente, con mucho cuidado. La prisa es fatal pues el viento está aumentando, y con su invisible mano me golpea con fuerza, penetrando dentro de la ropa. Una racha más fuerte me balancea. Me detengo otra vez, casi sin respirar y pienso que podría estar aquí hasta el infinito . . .
En un momento cuando el viento baja un poco su fuerza, paso la pierna derecha detrás de un saliente rocoso y me sujeto con un dedo de la mano izquierda a la grieta salvadora. ¡Ahora no puedo tardar ni un segundo! Estirando con la mano derecha hacia la pared, tiro de mi cuerpo con un solo dedo. Ayudado con los pies, lanzo el brazo derecho saltando lo máximo posible hasta arriba para alcanzar la saliente. Un esfuerzo mas y he subido encima de la repisa arrastrando a peso mi cuerpo con los brazos.
Repentinamente un fuerte torrente del aire me derrumba privándome del equilibrio. Es el final - pienso fatalmente. Pero logro recuperar unos centímetros más con los brazos y sujetarme de un agujero grande. Unos segundos después expiro con satisfacción sintiendo lo seca que esta mi garganta.
Ahora debo encontrar el mejor punto para sujetar un clavo. Aquí hay una pequeña y firme grieta. Palpando con la mano izquierda busco el clavo adecuado, lo saco del cinturón y con la mano derecha cojo el martillo del bolsillo trasero. Colocado el clavo en la grieta, lentamente acerco el martillo y suavemente, para no perder equilibrio, golpeo con fuerza el pitón. Entra en la grieta fácil y rápidamente. Golpeo más fuerte pero no escucho el sonido deseado. El clavo responde a mis golpes con un sonido sordo. La grieta está cerrada, ciega, y el clavo tocando la pared no entra ni a la mitad. ¿Qué hacer si no hay ninguna otra grieta?
¡Que pase lo que pase! Una vez asegurada la cuerda al clavo, hecho un vistazo y encima de mi cuello diviso un desplome donde se advierten unas presas pequeñas. Después de respirar profundamente empiezo a moverme hacia arriba, y sin olvidar ni por un segundo que mi último clavo es solo simbólico, abrazado al balcón intento subir mi cuerpo . . .
¡Finalmente! Los pies momentáneamente se sueltan de la roca y cuelgan en el aire. Poniendo todas mis fuerzas y moviendo desarrapadamente las piernas, sigo subiendo mi cuerpo buscando con los ojos donde puedo sujetarme con seguridad. Mi respiración convulsionada parece un silbido pesado. Mis brazos parecen débiles y desgarrados y mis músculos zumban como cables de alta tensión. Nunca supe tan claramente que soy mortal. El corazón golpea ruidoso y lo escucho con fuerza en mis oídos. Para ayudar un poco a los brazos, pongo la barbilla en el canto y me ayudo con la cabeza. Estoy dispuesto a sujetarme incluso con los dientes, a toda costa, si es esto ayuda a superarme. Deslizando con mis pies las botas sobre la superficie de la pared plana, he conseguido tantear un pequeño saliente y apoyando sobre él alcanzar con la mano derecha una presa muy grande y cómoda.
En adelante la pared es menos vertical. El camino parece mucho más fácil. Enfrente de mí hay una cómoda fisura por la cual se puede subir empleando "friends" y "fisureros", para llegar a una gran plataforma donde cabe por completo la tienda de campaña. Ahora, cuando la cumbre de Escander ya esta cerca, siento de nuevo un exagerado deseo de acabar esta vía lo más pronto posible. Pero la prisa en mi estado actual significa la auténtica caída y me obligo a no apresurarme.
Agarrado a la pared descanso un rato, y de repente comprendo que voy a ganar. Mis manos se han congelado, el sudor me ha cerrado los ojos, la náusea ha subido hasta la garganta y la sed me atormenta, pero he entendido que al final yo ganaré. Arriba, como una línea de meta se ve la plataforma deseada, y me parece que he pasado toda mi vida escalando esta tirada. El deseo de llegar lo más pronto posible desaparece, e incluso me permito retrasarme.

- Minsk, 1987 -



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