La Grieta


La esperanza muere última.





Pensaba que nunca me pasaría nada en la montaña. Así piensa seguramente todo alpinista a lo mejor no quieren pensar en estas cosas. Para una persona sana y joven el pensamiento sobre la muerte no es habitual. Pero sin embargo, en alta montaña la muerte se puede encontrar a cada paso, en cada momento, cuando no la esperas nunca. Quien la encontró aunque sea una vez, aquel ya no piensa que a él no le tocará. Desde 1988 el día 28 de julio es el día de mi segundo cumpleaños y de homenaje de mi amigo . . .
Aquel día salimos muy temprano, a las dos y media de la madrugada. Abajo, a este tiempo le llaman "la noche". Hemos dormido solo dos horas, pero si nos levantamos y salimos significa que ya es madrugada; todo alpinista lo sabe. La luna llena detrás de la sierra ilumina todas las montañas, proyectando sus sombras sobre el glaciar. Queremos pasar la parte mas peligrosa de esta masa de hielo antes de que el sol salga y por eso tenemos mucha prisa y no desayunamos. Ni siquiera bebemos el té. Simplemente, nos levantamos, nos abrigamos y salimos . . .
La noche está fría y la cubierta de la nieve encima del hielo está bastante sólida. Llevamos crampones. Es difícil llevar toda la cuerda arrastrando entre nosotros, además no veo a mi compañero debido a la oscuridad, por lo que recupero diez metros de la cuerda en unas vueltas en torno de mi cuerpo. Ahora entre nosotros hay treinta metros de distancia. Entrando a la sombra de la luna encendemos las linternas "Cíclope", y saliendo de la sombra las apagamos.
La marcha nocturna nunca me ha gustado. Hay algo misterioso en esta pálida luz de la luna. Con tanta oscuridad es difícil adivinar donde esta la nieve sólida y a veces me hundo hasta la rodilla. Mi compañero anda por delante, estoy más seguro de él que de mi mismo. El siempre encontró el camino desde hace tres años que hacemos montaña juntos, y siempre hemos vuelto desde cualquier situación complicada.
¡Que difícil es seguirle! Él viene desde el campamento descansado, ligero, veloz, pero yo ya llevo tres días sin reposo: escalando o asegurando, montañas o marcha, desde el campamento "VCSPS" y en un instante aquí, debajo de "España Libre". Pero él va deprisa y no me deja respirar . . . Todo lo que quisiera es poner la cara sobre la nieve y dormir. Pero no debo relajarme ni un momento, ¿¡para que demostrar mi debilidad!? Ahora tomo aliento, y adelante . . . ¡Hostia! La nieve no me soporta, me hundo casi en cada paso.
- ¡Valera, espera! Me hundo . . .
- Anda a cuatro puntas.
Aunque esta plano, camino de punteras. Así esta mejor, me soporta. ¡Sospechoso! Si el piolet rompe la costra y en dientes delanteros . . . Los crampones aguantan, el piolet aguanta, no debo deslizarme, no debo retrasarme . . .
Corre otra vez . . . No, no puedo mas, tengo que respirar . . . Ya estoy totalmente sudado. Sea, que tire de la cuerda, ya sentirá que estoy parado. ¿Como encuentra el camino en este laberinto de grietas? ¡Es que no se ve nada! Y corre sin parar. Ahí va otra vez . . . ¿Por donde ha rodeado esta grieta? ¿Por la izquierda? No hay huellas. ¿Por la derecha? Así, mas a la derecha, mas . . . ¡Diablo! La cuerda tira mucho. El ya ha ido arriba y a la izquierda.
- Valera, ¡alto!
. . . Ya es el tiempo para pasar. He aquí el puente. Ahora muy atento . . .

ESTÁ TODO

El tiempo se ha parado . . . En un instante la tierra desaparece debajo de mis pies. Instantáneamente he entendido: el puente de nieve se ha caído, se ha roto de improviso. El tiempo se ha detenido: un segundo dura esta eternidad. ¡Caigo al precipicio! ¿Qué puedo hacer? Gritar.
¡Atención! ¿El me respondió algo? Lo parece: "¡Sanya!"
¿O puede ser que me lo ha parecido? ¡Ah, que importa! Un momento . . . y estoy encajado con la cabeza hacia abajo, atascado por la mochila en la grieta. Precisamente estoy empotrado. Con otra palabra no se puede explicar. Empotrado y sin poder moverme. En este momento lo entiendo y parece que no pienso nada especial: estoy vivo. Pero en el siguiente instante, ha pasado uno o dos segundos, él cae sobre mí con todo su peso, prensándome a la grieta tanto que no es posible ni respirar. Después, resbalando, él sigue cayendo, y después . . . silencio . . .
- Valera, ¿estas vivo? - Estoy empotrado con la cabeza hacia abajo, no soportaré mucho, tira de la cuerda . . .
- Sanya, ¡tira de la cuerda! - Habla prensando, casi pierde el aliento. Entiendo en un instante que él esta muy mal y además entiendo lo mas terrible: ESTE ES NUESTRO FINAL. No puedo ni moverme. Esto es todo lo que pude responder. Quería decir algo mas, decir que eso es el final, que somos cabrones, que no nos encontrarán nunca, que todo era tan tonto . . . Pero no hay razón en decir, lo que es tan evidente. "Final, final, final . . ." - golpea en mis sienes. La desesperación solo apresurará nuestra muerte.
- Valera, ¡aguanta! - digo yo.
Esto es ya por desesperación, para darme ánimos más a mi mismo que a él. Es increíble morir así: en un sepulcro de hielo, no se sabe dónde. Nadie jamás nos encontrará. Empezarán a buscar solo al día siguiente de no tener noticias nuestras. En efecto, una persona dentro de la grieta, incluso con los pies hacía abajo, no soporta mas de 40 minutos. ¿Cuánto tiempo nos queda? ¿Unos 10-15 minutos? Me da pena por los niños, ¡que estúpido su padre!, les dejo huérfanos. ¡Que disparate esto del alpinismo! ¡Lo maldigo! ¡Dame un minuto! Si sucediera el milagro y me quedara vivo, jamas volvería a las montañas. ¡Vivir unos minutos mas! O Dios, ¡cuantas ganas de vivir!
. . . Hace frío . . . Debo moverme, esto puede añadir unos minutos a mi vida. Moverme, moverme . . . ¡Que silencio tan sospechoso! ¿Por qué tanto silencio? No se oye nada de él. Significa, que no se mueve, de lo contrario se oiría su respiración, pues no está tan lejos, sólo a unos 10 metros. Debo llamar, puede ser que simplemente calle.
- Valera . . . ¡Valera!
Silencio . . . enterrado en silencio . . .
. . . Entendí claramente - estoy solo, solo en una tumba de hielo, al lado de un cadáver. ¡Horrible! . . ¡Espantoso! . . Incluso siento el olor del cuerpo. Ciertamente eso es una fantasma. Un cadáver helado no huele. Percibo un amargo de la sangre en mi garganta. . . .Hace frío . . . ¿Cuánto tiempo me queda? ¡Que fácil simplemente morir! Solo cerrar los ojos, relajarse . . . y basta. ¡No, no, no! ¡No relajarme! ¡Luchar!

¡LUCHAR!

Estoy mareado . . . Me golpean las sienes:
- Este es tu final, final, final . . . - La cabeza me da vueltas.
- ¡Debo concentrarme!... ¿Qué hacer? ¿Qué puedo hacer?
- Mover la mano izquierda. - Así, aquí hay algo. Se puede alcanzar el cuello y desabrochar la correa del casco. El casco pesa mucho, tira la cabeza hacia abajo. Ante todo debo levantar la cabeza, si no perderé el conocimiento al cabo de unos minutos.
- ¡Venga! . . ¡Mas rápido! . .
- Con el guante no puedo.
- ¡Al diablo el guante! - Lo quito con los dientes.
- ¿La mano se va a congelar?
- ¡Al diablo con la mano! . . - Listo, el casco ya no tira de la cabeza, ahora cuelga del seguro.
- Debo tirar todo lo que me molesta, todo lo que me estira hacia abajo, todo lo que pueda.
- ¿Las gafas? . . .
- ¡Al diablo con las gafas!
- Los fisureros "camaleones" de Alemania, muy caros, eran difíciles de encontrar . . .
- ¿¡Para que sirven a un muerto?!
- ¿La interna? . .
- ¡Al diablo!
- ¿El cable? . .
- ¡Arrancar! Mas rápido, mas . . . Piensa, piensa . . .
- ¿Qué es esto tan pegajoso en mi cara?
- Ah, es la sangre que derrama mi nariz. ¡No relajarme! ¡Reconcentrarme! . .
- Y ahora, ¿qué me molesta?
- Las pilas en el bolsillo.
- Tampoco molestan tanto . . .
- Pero debo hacer algo: desabrochar la cremallera del bolsillo, sacar las pilas. La caja está cerrada. Primera, . . segunda, . . tercera. ¡Listo!
- Debo, sin falta, soltar el casco. Está colgando del cinturón. Los dedos están congelados, no quieren obedecer.
- ¿Dónde calentarlos?
- Dentro de la boca.
- Voy a respirar sobre ellos . . . Así . . . Ya, parece que mueven.
- Prueba otra vez.
- Apretar el cierre . . , otra vez . . , mas . . .
- No puedo mas, no tengo fuerza . . . Tengo que descansar . . .
Algo suena cayendo hacia abajo por la grieta. Bien, eso significa que el mosquetón estaba abierto a pesar de todo. El casco no me tira mas. Ahora puedo descansar . . . La garganta esta seca, amarga.
- Deseo un trago de agua, aunque sea de nieve . . .
Paso la mano por las paredes. Liso, resbaladizo, feo. Sin embargo, estoy cubierto de unos veinte centímetros de nieve. Es la que cayó con el puente. Remo la nieve hasta formar una bola y la pongo en mi boca. Se derrite lentamente quemando la boca. - ¿Qué me aguarda todavía en este mundo? En efecto, es tan fácil cerrar los ojos, relajarse y . . .
- ¡No, eso es la debilidad! ¡Debo vivir! ¡Debo luchar! ¡Hacer algo! ¡Pensar! ¡Pensar!
- Trata de quitarte la cuerda.
- Puedo alcanzar hasta el mosquetón pectoral. Palpando el arnés, lo giro, saco un nudo y luego el otro. - Ahora voy a intentar quitarme la cuerda. Tiro de una vuelta . . .
- No va, está atascado entre mi espalda y la pared.
- Intente menearla . . . y tirar, tirar, tirar con toda tu fuerza hasta que por fin el bucle se afloja. Luego saca por encima los otros anillos hasta que quito de tu espalda toda la cuerda.
- Ahora no estoy sujetando nada y no sujeto por nada.
- Puedo tirar la cuerda . . .
- ¡No, no se puede tirar!
- Pero él esta muerto desde hace tiempo.
- Si, y es poco probable que tú sigas viviendo.
- Es igual, ¡no se puede tirar!
- ¿Tal vez estaré sujetando a un muerto para siempre?
- Pero no hay nada para fijar la cuerda.
- Si la pones debajo de ti, en la nieve, no se irá a ninguna parte.
- Ahora puedo descansar, "beber" la nieve . . .
- ¿Y luego que? . .
- Lo más importante es desabrochar la mochila, estoy colgando precisamente de ella. Puedo alcanzar hasta la cerradura.
- Debes tirar de la cerradura hacia ti y luego quitar una correa.
- . . . Voy a intentarlo . . . No es tan fácil . . . ¡Ostras! No lo puedo conseguir. La mano esta totalmente congelada, no siento los dedos.
- Debes calentarlos, o de lo contrario no podrás hacer nada . . .
Otra vez llevo los dedos a la boca, respiro sobre ellos . . . Desabrochar la correa de la mochila a toda costa. A lo mejor, mi vida depende de ello. Una y otra vez intento abrir el cierre. No obstante, la correa estaba tan fijada que la cerradura no se podía abrir de ninguna manera. Me muevo todo el tiempo tanto como puedo, gimo haciendo convulsiones . . . A pesar de todo ¡lo he conseguido! ¡La correa se afloja! Momentáneamente podía respirar mas fácil: el hombro izquierda estaba libre y el brazo también.
- Sin embargo, debo apresurarme.
El esfuerzo aumenta la afluencia de sangre a la cabeza. El conocimiento se me nubla . . Quitando del hombro la correa, paso la mochila dentro de la grieta por debajo de mi, haciendo así un soporte para la mano. Intento levantar mi cuerpo . . . Pero no lo consigo. La mochila está demasiado abajo. Entonces remo la nieve encima de mi y la aprieto encima de la mochila. Gracias a esto he conseguido subir un poco apoyado en el brazo derecho. Pero cuando aflojo el peso, me arrastro de repente hacia la profundidad de la grieta. El traje impermeable se desliza excelentemente.
- Tengo que fijarme con los crampones. ¡No quiero caer en la boca del lobo!
El frío del hielo penetra mas y mas profundo, aturde los músculos, paraliza la fuerza de voluntad.
- ¡Debo moverme, debo actuar, debo luchar!
Necesito un soporte para la mano. Aunque solo sea un pequeño saliente, un aspereza. Por todas partes hay hielo puro, liso, resbaladizo.
- ¿ Se puede intentar hacer una pequeña presa?
- Pero ¿con qué? ¿Qué tengo para hacerla?
- Los mosquetones en el arnés.
Saco un mosquetón y empiezo a rascar con él la pared. Pero el hielo a esta profundidad está más sólido que una piedra. El mosquetón no deja ni un pequeño rasguño. Me desespero.
- ¿¡Es posible que me quede aquí para siempre?! ¿?Es posible que esto sea mi final otra vez?! ¿Cuántas veces he muerto ya hoy? . . . ¿Se pudría derretir la nieve y formar una presa?
Remo la nieve hacia una bola, la aprieto vigorosamente al hielo tras de mi espalda y espero hasta que se derrite y se pega a la pared. Espero larga y sufridamente, con mucha paciencia. No tengo otra salida . . . La bola se derrite hasta convertirse en una uña, y yo cargo en ella con el dedo pulgar de la mano derecha. Al principio cargo poco a poco. Parece que aguanta.
- Ahora voy a probar a subir mi cuerpo con la mano.
- El riesgo es enorme. Si la presa se arranca, caerás a la grieta más hondo.
- Pero no tengo otra salida, igual me helaré.
¡Es increíble! Pero el saliente aguanta mi peso. Subo mi cuerpo con el dedo de la mano derecha. Fijando los crampones, muevo los pies hacia atrás y arriba unos diez centímetros y otra vez aseguro con los crampones. Ahora me agarro solo con los crampones colgando con la cabeza hacia abajo, pero puedo apoyarme sobre la mochila. Subiendo en la mano, muevo otra vez los pies atrás. La grieta se ensancha arriba y los pies se pueden bajar. Cuando he conseguido bajar los pies a lo largo de la grieta con un ángulo de cuarenta grados, decido que ya es tiempo de ponerme de pie.
Pero no es tan fácil hacerlo, no tengo ni un soporte. Entonces, me cojo a los pantalones e intento incorporarme. Pero es que los pies estén mas arriba que la cabeza, no puedo conseguirlo de ningún modo . . . Después de varias agotadoras pero fracasadas tentativas, tomo otra decisión. Doy la vuelta poniendo la cara abajo, apoyo los manos sobre la mochila y muevo mi cuerpo hacia atrás y arriba como un cangrejo, simultáneamente tirando la pierna derecha abajo. Si en este momento la mochila se desencajara, yo caería abajo con la cabeza al fondo de la grieta. Por suerte, la mochila no se arranca.
Para ponerme sobre los pies en la posición deseada, necesito bajar la pierna derecha a los brazos, lo cual significa hacer un espatarre considerable. Me arrastro, arrastro, arrastro . . . Siento las manos congeladas hasta el limite. Parece que van a romperse. Tirando a peso de toda la pierna, desenvuelvo el cuerpo y cogiendo otra vez el pantalón izquierdo arrastro mi cuerpo y me levanto, levanto . . .

EN PIE

Cuando he conseguido enderezarme sobre los pies, entiendo que por fin tengo una posibilidad. Pero cuando miro arriba a las paredes suspendidas encima de mi y de las cuales están colgando unas chuzas de hielo de dos metros de longitud sobre mi cabeza sin protección, advierto cuan pequeña es mi probabilidad, casi irreal.
Empiezo a tener escalofríos, me sacude como una fiebre. Vibra cada célula de mi cuerpo, golpean los dientes, el frío llega hasta los huesos. La ropa mojada de parte a parte esta cubierta de una corteza de hielo. En estas condiciones estoy desvalido, desamparado y débil. Me siento lamentable y deplorable.
De repente recuerdo que tengo una chaqueta de plumón en la mochila. Inclinándome con cuidado saco la mochila y cojo con manos temblorosas la chaqueta, pero está totalmente mojada y no calienta nada. Aun así, la conciencia de tenerla me da fuerzas, pues además de la chaqueta, saco de la mochila la cuerda y los clavos de hielo. Antes de este momento no me acordaba de ellos. Lástima que tengo solo tres, pero sin ellos no podría salir.
Con manos congeladas atornillo un clavo al hielo, conecto el final de la cuerda con mi cuerpo y el otro con la mochila. También hago un nudo corredizo en la cuerda. Las reglas para escalar solo las recuerdo bien, incluso las practiqué en cierta ocasión en entrenamientos. Ahora todos estos conocimientos son útiles.
Miro arriba. La grieta sube arriba con un ángulo de 40-45 grados y después de treinta metros acaba con una pared extraplomada. Subo por la grieta asegurándome cada cuatro o cinco metros, una vez instalados tres seguros fijo la cuerda y bajo. Recupero los dos clavos inferiores y subo otra vez por la cuerda con el nudo corredizo hasta el punto donde la cuerda está fijada, porque no sé exactamente si tendré bastante cuerda para llegar hasta arriba. La pared de hielo esta colgando encima de mi, y la salida no se ve. Recupero la mochila, la fijo en el clavo y subo arriba otra vez.
He hecho todos estas manipulaciones técnicas cuatro veces hasta que por fin llego al final del plano de la grieta que termina con la pared desplomada. Desde abajo hacia arriba sobresalen hongos de hielo, y desde arriba directamente encima de mi cabeza están colgando las estalactitas de hielo de dos metros de longitud. Cada uno de ellas amenaza caer y atravesarme de parte a parte. No quiero pensar en esto ahora y perder mi atención en ellas.
Ahora debo subir diez metros por la pared extraplomada y luego vencer la cornisa de nieve de un metro. Subo por la pared haciendo peldaños con la cuerda en cada clavo y poniendo los pies dentro. Cuando me acerco debajo de la cornisa, el agua empieza a caer desde arriba.
Al parecer, afuera salió el sol y calienta la nieve. Debo apresurarme antes de que caigan los chupos gigantescos. Estoy mojado hasta los huesos por el agua y por el sudor, todo mi cuerpo está congelado y responde mal. Lo que más miedo me da es que en cualquier momento los músculos pueden sufrir una convulsión. Cuando un músculo sobre-esforzado empieza a endurecerse, momentáneamente trato de relajarlo. Sin embargo, lo consigo con dificultad. Entonces, colgado en el clavo, si me relajo totalmente . . . en el acto me congelo. Lo más difícil aparecía delante . . . No esperaba

LA CORNISA

¡Que suerte que el piolet no se ha caído! Es que hace poco me parecía que ya nada me iba a servir. En aquel momento estaba dispuesto a tirarlo todo. Esto significa que ya aparece una esperanza de salir de esta tumba helada. La fuerza de voluntad para vivir empuja fuera de la grieta. ¿Pero como vencer esta cornisa? En principio trato de partirla con el pico del piolet, balanceándome en los anillos de la cuerda. No obstante, no lo consigo de ninguna manera. El pico se hunde en la nieve. Entonces, intento clavar el piolet horizontalmente y cargarlo. ¡Otra vez el fracaso! Con la carga salta muy fácil, rotando en la nieve blanda.
- ¿Qué hacer? ¿Es posible que no hay salida y que nunca salga de aquí? ¡Piensa! . . . - Me agacho y cuelgo en el clave, descansando y pensando . . .
- Primero, debo subir por el hielo arriba cuanto sea posible.
Parto la nieve dura debajo de la cornisa hasta el hielo y meto el clavo de hielo más arriba, debajo de la cornisa. Luego hago un anillo y pongo dentro el pie derecho. Ahora estoy colgando debajo de la cornisa, inclinándome atrás. En esta postura me endurezco y trato de clavar el piolet en la nieve lo más arriba posible con un ángulo pequeño. Apoyándome sobre él con la mano derecha, me endurezco en el pie derecho, el pie izquierda colgando en el aire. La postura es muy inestable, pero ahora ya puedo tocar con la mano izquierda el borde opuesto de la grieta: La mano sin el guante se desliza por el hielo.
Me suelto dentro de los bordes de la grieta solo con las manos: una se apoya al piolet, la otra al hielo. Las piernas están colgando sobre el precipicio. Pruebo a levantarme con las manos, pero algo no me deja. Me frena el nudo del seguro. Los brazos tiemblan traicioneramente por el esfuerzo, cada segundo estoy mas débil. Si la mano se desliza, el piolet no soportará esta fuerza y yo caeré. Pero viendo en un metro sobre la cabeza la libertad, el sol y la vida, no se quiere caer.
- Debo bajar y correr el nudo. - Empiezo a bajar lentamente el cuerpo y flexionar la pierna, hasta que me noto colgando.
- ¿De qué estas colgado? Porque el nudo esta mas abajo.
- A si, estoy colgado de la baga del piolet.
¡Hurra-a! ¡El piolet me aguanta! Esto es

¡LA VICTORIA!

Ahora puedo descansar un poco y subir por el piolet. Después de unos minutos tiro cinco metros de la cuerda subiendo el nudo arriba. Lo mas importante es no parar, no perder el tiempo, porque con cada minuto loa fuerzas se van.
- ¡A trabajar sin limite! - Los primeros movimientos son conocidos: el pie al estribo, la mano derecha al piolet, enderezarse en pie, la mano izquierda a la cornisa opuesta.
- Ahora, a superarse con los brazos.
- Eso es. - Otra vez estoy en la postura desagradable, muy inestable: una cruz con los brazos y las piernas colgando sobre el abismo.
- ¡Levantarte! ¡Levantarte!
- ¡Hostia! Algo no me deja levantar otra vez.
Miro abajo. El crampón derecho se ha enganchado del peldaño.
- ¿¡Es posible que este sea mi final?!
Diez metros de la cuerda son suficientes para caer de nuevo en la tumba de hielo.
- No, no, debo soportarme. ¡Soportarme a toda costa! ¡Quiero vivir!
Las manos tiritan por el esfuerzo, la pierna izquierda está colgando libremente . . . Voy a tratar de engancharme con ella a la cornisa.
Me desvío a la derecha y levanto la pierna izquierda tan arriba como me es posible hasta la mano izquierda, y engancho con los dientes laterales del crampón a la cornisa.
- Parece que ha mordido.
- ¿Seguro?
Quito la mano izquierda, y inclinando muy lentamente hacia el pie derecho quito el anillo del crampón. Ahora la pierna derecha está libre. Me incorporo totalmente con las manos sobre el piolet, pero faltan los brazos. Entonces, supero el pie derecho hasta ponerlo al lado del pie izquierdo: En esta posición, los pies están mas arriba que la cabeza, porque se soportan con la cornisa de arriba. En esta postura, trasladando los pies y la cabeza, subo mas y mas arriba hasta que la cabeza alcanza al borde de la grieta. Luego me empujo con los pies y ruedo con la cabeza hacia abajo por la cuesta, hasta que cuelgo de la cuerda. Encima de mi el cielo azul, el sol, la vida. Alrededor solo montañas majestuosas.

Minsk, 1988



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